dieciocho años antes, en una casa de fanilia
Abrió la canilla de la ducha. En la bañera. Un cuarto de baño clásico. En un rinconcito, junto al cesto para la ropa usada, se había acurrucado Princesa, la simpática gatita que se estaba acostumbrando a actuar casi como dueña de casa. Había pasado inadvertida y ahora estaba allí, en su disimulado observatorio, con los ojos bien abiertos y acariciándose el bigote con la manito izquierda.
Una vueltita más a la canilla del agua caliente.. Para templar la temperatura de esa lluvia gratificante. La mente en vacío. En ese momento lo único importante era ese cuerpo de niño, lleno de vida, de pujanza. Había que cuidarlo y hasta mimarlo.
Princesa, enfundada en su suave pelaje armiñado, miraba con inmensas pupilas de asombro. Conocía muy bien a su amiguito que estaba bajo la ducha. Pero así, despojado totalmente de su ropa, lo miraba como algo distinto. No lo veía tan diferente de sí misma. Sí, mucho más semejante. Un congénere un poco más grande y con algunas características especiales. ¿Le inspiraba algún deseo? No estaba segura, pero ciertamente le parecía algo muy interesante, sorprendente, admirable. Muy superior a los otros gatos del vecindario. ¡Qué descubrimiento! Su patroncito estaba físicamente más cerca de ella de lo que había creído hasta entonces. ¿Sentiría él lo mismo si la viese allí?
El chico cerró las canillas y se enfundó en la toalla. Mientras se secaba, comenzó a pensar. Pensar. Pensar. ¿Era él solamente ese cuerpo tan perfecto? Se miraba, se tocaba, se acariciaba.... ¿Había algo más en él que lo hacía distinguirse de su Princesa? ¿O eran lo mismo? Lo tenía que descubrir. Tenía toda una vida por delante para eso.
- ¡Teófilo! ¿Terminaste?
- Sí, mamá, ya voy.
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